Resiliencia

Resiliencia

Es el momento de la libertad en Venezuela, en el que se está jugando la libertad; y la libertad exige claridad en su defensa. No admite medias tintas ni amagos.

Hace un año Juan Guaidó era proclamado presidente interino de Venezuela y reconocido por más de 50 países y organismos internacionales. Estuve dudando si escribir en este mismo espacio que la cosa no sería inmediata, que Maduro tenía mucho que perder, que iba para largo, pero no quise confrontar con el optimismo generalizado que entendía que el régimen caería como fruta madura. Ignoraban quizás el ejemplo de Cuba, y el protagonismo que la dictadura castrista ha tenido en el país. No se trataba solo de financiación a bajo precio, ni de intercambio de mano de obra barata por petróleo, en un esquema muy parecido al de la esclavitud, sino de una cuestión de “principios”. Hacía ya años que Fidel Castro había bendecido a Hugo Chávez como el heredero legítimo de su Revolución, y en la supervivencia del régimen se jugaba el prestigio de La Habana.

Venezuela tiene un sitio reservado en el libro negro de la democracia del siglo XXI. Ha sido pionera en demostrar que, incluso tras el “fin de la historia”, es posible acabar con la democracia. Su constitucionalismo bolivariano, promovido activamente por asesores españoles, ha marcado el camino: desestabilizar la política, llegar al gobierno, y comenzar paso a paso a desmontar la división de poderes y acumular todos en el gobierno, normalmente a través de un proceso constituyente.

Desde la aprobación de la Constitución bolivariana de 1999, el chavismo ha ido reduciendo los espacios de libertad. De la promesa inicial de liberar a un pueblo de sus fantasmas, pasó a encadenarlo a la revolución bolivariana. Nada nuevo bajo el sol, una reedición del guion de las dictaduras comunistas que en Latinoamérica empezó Cuba hace 60 años y que aun hoy lucha por perpetuarse. Poco a poco fue llegando la ruptura progresiva de la institucionalidad, las persecuciones políticas y las torturas y asesinatos, el exilio… mientras una sociedad civil cada día más perseguida, mantenía viva la llama de la democracia a base de trabajo y esperanza

Desde la llegada del chavismo al poder, Venezuela no ha dejado de deteriorarse. De manera progresiva y constante se han ido disolviendo los distintos poderes, empezando por el militar, el judicial, el electoral…, sólo el Parlamento resiste, a pesar de los intentos de las últimas semanas. Menos libertad, menos instituciones, menos democracia, y a cambio, más corrupción de una cúpula dirigente que consolidaba sus privilegios mientras arruinaba el país, y la extensión del Estado a todos los campos de la sociedad desde una concepción totalitaria del ejercicio hegemónico del poder. Como consecuencia directa de todo lo anterior, hoy Venezuela es una maquina de producción de miseria. Un paraíso natural como Venezuela ha sido convertido en el paraíso de la corrupción, de la violencia y de la inseguridad, en un país sin ley. En el paraíso de las mafias, que arruinaron la que no hace tanto era una de las naciones más ricas de la tierra, en el que más del 20% de los niños sufren desnutrición y donde cada día es más difícil encontrar medicinas y alimentos básicos. Un país del que huyen sus ciudadanos, dejándolo todo atrás. Más de 5 millones de exiliados, una quinta parte de su población total, que, esparcidos por toda Latinoamérica y España, tratan de recomenzar sus vidas.

Quizás lo más admirable de este proceso, para los conocedores de otras dictaduras latinoamericanas, sea cómo de momento se mantienen tanto el respaldo internacional como el trabajo incansable de la oposición al que, a pesar de la represión sistemática del régimen contra los demócratas, no han logrado nunca doblegar. La oposición democrática venezolana no ha dejado ni un minuto de trabajar dentro y fuera para devolver la libertad a su país. Y lo han hecho a pesar de los agoreros, de las amenazas, de las persecuciones, de las torturas y agresiones, de las detenciones (más de 15.000) e incluso de la prisión (388 presos políticos que están aún en la cárcel) y el asesinato de muchos compañeros, auténticos mártires de la democracia.

A pesar de todo, la oposición nunca ha renunciado a la vía democrática, nunca asumió la vía totalitaria, y ha considerado siempre la democracia como la única vara de medir. Demócratas pacíficos, luchadores de la libertad, convencidos que a la falta de democracia sólo se le derrota con más democracia y que nunca han cedido a tentaciones simplistas, convencidos de que su perseverancia tendría frutos. Una sociedad que, a pesar de divisiones y diferencias estratégicas esenciales, nunca dejó de fortalecerse y trabajar, nunca perdió la esperanza. Resistiendo en las instituciones, sin abandonar nunca la calle, sin acostumbrarse y, sobre todo, sin rendirse nunca.

Una sociedad que, a pesar de divisiones y diferencias estratégicas esenciales, nunca dejó de fortalecerse y trabajar, nunca perdió la esperanza

En España sabemos bien la importancia del apoyo internacional que en su momento nos prestaron países como Venezuela para acabar con la dictadura. Pero ser agradecidos no está al alcance de cualquiera y mientras unos colaboraban con esta labor de destrucción de la democracia, ejerciendo de asesores mientras se lo llevaban crudo y no dudaban en blanquear al régimen opresor y colaboraban a internacionalizar el “modelo” derramando lágrimas a la muerte del tirano, otros ejercían de palmeros entre silencios cómplices y sonrisas culpables. Ambos presumen hoy de mala memoria y miran hacia otro lado, sin retirar el doble póster del Chávez y el Che de sus armarios. Durante mucho tiempo se ha acusado a la derecha de introducir a Venezuela en la agenda política de manera artificial pero ésta vez ha sido el Gobierno el que le ha otorgado carta de naturaleza. El Gobierno español, sin duda condicionado por su acuerdo con Unidas Podemos, ha pasado de reconocer al presidente Guaidó y “avanzar con decisión junto al pueblo venezolano en el camino de la democracia” a ningunearlo como, en boca del Vicepresidente Iglesias, un líder más de la oposición venezolana, un trato similar al que le dispensa el gobierno de Nicolás Maduro. El gobierno ha ido un paso más allá y uno de sus ministros con más peso político, el señor Ábalos, se ha encontrado con la vicepresidenta del país, ignorando las sanciones de la Unión Europea que el gobierno socialista de España una vez apoyó.

Hoy, es más importante que nunca mantener la presión internacional y las sanciones impuestas a los dirigentes. Hoy, más que nunca, es importante proteger a los demócratas otorgándoles apoyo y visibilidad. Es necesario mantener viva la llama de la democracia para que nadie pueda acostumbrarse, considerar su causa una causa perdida y ver cómo normal en Caracas lo que nunca admitirían como normal en Madrid. No es hora de compadreos y confusión, que sólo sirven para blanquear un régimen de terror.

Es el momento de la libertad en Venezuela, en el que se está jugando la libertad; y la libertad exige claridad en su defensa. No admite medias tintas ni amagos, sino una disposición comprometida. O libertad o tiranía. No hay más. Porque Venezuela vive un momento crucial, y España no puede mirar hacia otro lado, no puede emboscarse tras la confusión que sistemáticamente está destilando el Gobierno. No, España no puede mirar para otro lado. No sólo por gratitud y justicia, sino que con las actitudes desconcertantes que está poniendo en juego el Gobierno, nos jugamos perder la confianza de nuestros socios europeos y dejar de liderar las políticas europeas con Latinoamérica. Venezuela grita libertad. España no puede responder con el silencio, no puede colocarse en el lado oscuro de la historia.

 

Publicado en El Confidencial

Socialismo del siglo XXI

Socialismo del siglo XXI

Ya sabemos en que consiste el nuevo socialismo, el socialismo del siglo XXI. El socialismo de Chávez, Morales y Correa no es más que un rebautizo del comunismo de Castro.

Hugo Chávez no miente, por eso son tan peligrosas sus amenazas de comprar armamento, nacionalizar las empresas estratégicas, extender la revolución bolivariana por toda Latinoamérica o sellar alianzas estratégicas con Cuba, Bielorrusia, China o Irán. Si le dejan, tras unos meses hasta sus amenazas más increíbles se convierten en realidad.

Durante la campaña electoral repitió al que le quisiera oír que si salía elegido profundizaría todavía más en la revolución bolivariana en Venezuela, a la que incluso, advirtió, cambiaría el nombre por el de República Socialista, y desde el día siguiente a su toma de posesión se ha puesto manos a la obra.

En plena calle, como queriendo imitar a sus socios ecuatorianos, la Asamblea Nacional de Venezuela, que cada día se asemeja más a la Asamblea del Poder Popular cubana, ha cedido el poder durante dieciocho meses para que el presidente pueda aprobar cuantas leyes considere oportunas sin necesidad de solicitar la intervención del Parlamento. Venezuela vuelve a los tiempos en los que la ley era la voluntad del rey. Como los viejos absolutistas, Hugo Chávez podrá gobernar por decreto sin estar sometido a ningún tipo de control. Aunque se habla de “sólo” once materias, la lista y su relevancia hablan por sí solas: “transformación del Estado”, “participación popular”, “ejercicio de la función pública”, “seguridad ciudadana y jurídica”, “ordenación territorial”, “seguridad y defensa”, “infraestructura, transporte y servicios”, “energético”, “económico, financiero, tributario” y “científico”. No hay tema que haya quedado fuera de su santa voluntad y es tal la extensión que, como ha sugerido la oposición, se podría cerrar una Asamblea que se ha quedado sin trabajo.

Para empezar las primeras leyes revolucionarias servirán para estatalizar el servicio eléctrico, la Compañía Anónima Nacional Teléfonos de Venezuela (CANTV) y los cuatro proyectos petroleros de las asociaciones de la faja oriental del Orinoco, hasta hoy en manos de British Petroleum, Exxon Mobil, ChevronTexaco, ConocoPhillips, Total y Statoil.

En nombre del pueblo venezolano se entrega al presidente el poder sin límites o se cierran los medios de comunicación críticos. En nombre del pueblo ecuatoriano se asaltan las instituciones del Estado, da igual que sea la asamblea nacional o el tribunal electoral, que constitucionalmente tratan de limitar el poder presidencial. En nombre del pueblo boliviano se nacionalizan empresas a punta de pistola… Ya sabemos en que consiste el nuevo socialismo, el socialismo del siglo XXI. El socialismo de Chávez, Morales y Correa no es más que un rebautizo del comunismo de Castro.

Mientras España apoya complacida a estos nuevos socialistas ya se empiezan a notar las consecuencias de sus actos: la inflación se dispara, los inversores se van y los emigrantes se multiplican. Sólo hay una cosa peor que reírle las gracias a un pirómano: prestarle el fuego. Cuando después las llamas comienzan a extenderse no resulta tan fácil encontrar a los bomberos.

Publicado en Libertad Digital

Sí se puede

Sí se puede

Desde que comenzó la campaña todas las encuestas muestran una tendencia que ha hecho que Rosales recupere casi 3 puntos semanales, una progresión que de continuar provocaría un vuelco electoral.

Aunque suene a tópico es bueno recordar de vez en cuando que las elecciones son el momento central de la democracia. En ellas y con una sola papeleta se puede decidir sobre el pasado y el futuro de un territorio o nación. Por eso, incluso en regímenes semitotalitarios como el venezolano son muchos los que miran al próximo 3 de diciembre con esperanza.

Acontecimientos como la marcha de los 26 millones de venezolanos que recorrió las calles de Caracas el pasado 4 de noviembre han hecho que sean muchos los que comienzan a evocar la “marcha de la alegría” símbolo de la derrota inédita de la dictadura de Pinochet en las urnas en 1988. En Venezuela algunos ya han empezado a tararear la canción de los partidarios del no: “La alegría ya viene”.

La renuncia anunciada de Benjamín Rausseo hace oficial lo que todos sabían, que estas elecciones son cosa de dos. La oposición sigue pateando el país, y planteando sus propuestas a los ciudadanos, mientras un Chávez aposentado en su coche oficial no duda en utilizar los medios públicos de Venezuela para su campaña electoral, tratando de hacer olvidar con sus proclamas ideológicas la dura realidad que muestran las propias estadísticas de su gobierno: un país más inseguro en el que hay más pobres y más desempleados que cuando alcanzó el poder.

Los indecisos centrarán las dos últimas semanas de campaña. Entre ellos los sectores más importantes son los de la oposición blanda, representada por un 21% de la población y el chavismo blando, que alcanza a un 30% de los venezolanos. Los primeros han empezado a “creerse” la candidatura de Manuel Rosales y, aunque siguen atemorizados por la falta de secreto del voto que generan las máquinas captahuellas, pueden terminar acudiendo a las urnas. Los segundos comienzan a cansarse de las polémicas políticas del presidente y están descontentos con su nefasta gestión en lo que se refiere a la redistribución de la riqueza, y podrían optar por quedarse en casa.

Se entiende que haya comenzado una guerra de encuestas que, desde hace un par de semanas, comienzan a dar resultados cada vez más ajustados. Aunque vencer el aparato gubernamental que, al igual que hiciera en el referéndum revocatorio, se está volcando por el candidato presidencial no es fácil, la opción opositora ha comenzado a superar al chavismo en las grandes ciudades, y sólo en Aragua, Lara y Bolívar el presidente conserva cierta ventaja.

Desde que comenzó la campaña todas las encuestas muestran una tendencia que ha hecho que Rosales recupere casi 3 puntos semanales, una progresión que de continuar provocaría un vuelco electoral. Quizás la clave del día de las elecciones sea el convencimiento de que la victoria es posible. Lo más difícil será hacer aflorar y canalizar el deseo de cambio que flota en el ambiente, aunque no se manifieste en unas encuestas influidas por un régimen cada día más totalitario y militarizado. Sólo si la candidatura de Rosales consigue transmitir al pueblo venezolano que “sí se puede”, que lo que hace dos meses era un milagro puede convertirse en realidad, se pulverizarán todas las encuestas y Venezuela podrá retomar el camino de la normalidad democrática.

Publicado en Libertad Digital

El ninismo y el pre totalitarismo en Venezuela

Nos cuenta Luis De San Martín en El Diario Exterior:

El “ninismo” es un fenómeno social que en la Venezuela revolucionaria, post-democrática o pre-totalitaria, identifica a ese sector de la población que no quiere problemas; que observa desde la barrera las confrontaciones cotidianas entre los partidarios de la imposición dictatorial y los ciudadanos que se niegan a aceptar como irreversible ese anacronismo perverso que llaman “socialismo del siglo XXI”. Son un conglomerado compuesto por personas de todos los estratos sociales y niveles de instrucción que, pese a padecer a diario los efectos del peor gobierno de nuestra historia republicana, mantienen una equidistancia cínica con ambos bandos a la espera de que la balanza se incline definitivamente hacia uno de los lados.

Son astutos relativistas dispuestos a comulgar con el poder sin importar su naturaleza, es decir, les da igual que sus pretensiones sean hegemónicas y liberticidas porque al final, dicen ellos, “los políticos son todos iguales”. Se creen equilibrados al pretender situarse en el punto medio entre dos posiciones antagónicas en busca de una falsa objetividad; una falacia muy extendida que no resiste un mínimo análisis, ya sea en el campo científico o político, puesto que la objetividad debe constituir una tendencia constante y sostenida hacia la verdad, y ésta, aunque escurridiza y compleja, existe más allá de los pareceres. Los hechos son tozudos y ante ellos los “ninistas” consuetudinarios optan por la técnica del avestruz (no ver) o la del camaleón (camuflarse, para pasar desapercibidos).

La neutralidad vacua de la que hace ostentación el “ninista”, frente al conflicto entre un gobierno corrupto, anacrónico, paranoico, militarista e incapaz y una sociedad civil que se le resiste como gato panza arriba, es ya una toma de posición que favorece al victimario. De esta manera el “ninista” se salva de las posibles represalias hasta el instante en que la arbitrariedad toque a la puerta de su casa o en que sea salvado por quienes han arriesgado el pellejo por la libertad.

Su objetivo en la vida es que lo “pongan donde hay”, ese lugar que en Venezuela significa concretamente un puesto en la administración pública, conseguido mediante el clientelismo político, en el que se trabaje poco y se cobre mucho. Llega al colmo de la contradicción cuando se define a sí mismo como apolítico, al amparo de la sombra del caudillo y sus secuaces.

Sin embargo, el “ninista” tiene conciencia y la realidad lo agobia. Por muy simplista que sea su pensamiento percibe las consecuencias del imperio del crimen en las calles venezolanas, la proliferación de vendedores ambulantes, el mal estado de los servicios públicos, la inutilidad de las instituciones y los niños malabaristas en los semáforos. Aunque se enorgullezca de una cierta dosis de anti-americanismo, intuye como peligrosas las amistades de Chávez en el panorama internacional, ámbito en el que el régimen establece relaciones carnales con una liga de dictadores y autócratas que atormentan a sus pueblos y amenazan a las sociedades democráticas.

En ocasiones, en público, disfraza con humor escatológico los excesos verbales de su comandante en jefe, mientras en privado se preocupa por la imagen que Chávez proyecta de la sociedad venezolana. Su extrema frivolidad la disfraza con apelaciones abstractas a la justicia social, la paz y la venezonalidad, conceptos que quedan muy bien en medio de una partida de dominó los domingos por la tarde. Entre güisqui y güisqui lanza frases lapidarias tales como “eso siempre ha sido así” o peor aun “los venezolanos somos así” para explicar la visibilidad obscena de la corrupción gubernamental, la indigencia omnipresente y la inanidad de las Fuerzas Armadas para restablecer nuestra soberanía en una frontera plagada de narcoguerrilleros, secuestradores y contrabandistas.

Muchos de ellos tienen un amigo militar con el que compiten en amplitud abdominal y elasticidad moral, a la vez que se regodean de un crecimiento económico que se nota en las largas listas de espera para adquirir vehículos último modelo, la pujante demanda de artículos de belleza y la proliferación de casinos y centros comerciales. Los oficiales de alto rango, temerarios guerreros en los campos de batalla del club social del círculo militar, se han consolidado como el verdadero partido político de la revolución bolivariana, lo que los ha transformado en eficientes agentes de trabajo temporal cuyo perfil de empleado ideal lo constituye el “ninista”.

Las encuestas los sitúan entre un 20% y 40% del electorado para las próximas elecciones del 3 de diciembre, en las que los venezolanos se juegan la posibilidad de iniciar un proceso de reconciliación y reconstrucción nacional o la continuación de la barbarie nacional-populista. Saber a que va a optar el “ninista” es un enigma existencial que dependerá de las condiciones electorales del sistema automatizado de votación, es decir, si hay captahuellas, que vulneran flagrantemente el secreto del voto, el “ninista” votará por Chávez, no vaya a ser que quede registrado en una nueva lista de contrarrevolucionarios, y si las eliminan al menos se lo pensará. Hay quien ante la amenaza totalitaria sólo reacciona para pedir más hielo en el güisqui a ritmo de regaetón.

No obstante el panorama desolador que pinto con mis palabras, también hay empleados públicos y contratistas del Estado que esperan la oportunidad para cobrarse los chantajes y presiones a los que han sido objeto en todos estos años, lástima que sea imposible saber su cuantía. El estatismo económico tiende siempre a condicionar perniciosamente la autonomía de las personas.

La existencia de un significativo porcentaje de arribistas en la sociedad venezolana debe hacer reflexionar a la renacida oposición que se agrupa en torno a Manuel Rosales, toda vez que el triunfalismo es el peor aliado posible ante la complejidad y magnitud del reto planteado. Las condiciones electorales son las mismas que nos obligaron a abstenernos en las elecciones legislativas: registro electoral envenenado, captahuellas, máquinas de votación inauditables y bidireccionales, testigos de mesa oficialistas, observadores internacionales mudos, etc. Hugo Chávez cuenta con los recursos para imponerse por las malas, por lo que hay que ser responsables en la gestión de la esperanza porque, aunque el 3 de diciembre es un momento de inflexión importante, el mundo no se va acabar ese día. Como mucho será otro punto y seguido, sea cual sea el resultado.

Cuenta atrás para la democracia venezolana

Cuenta atrás para la democracia venezolana

Sea cual sea la estrategia, la trascendencia de estas elecciones va mucho más allá que la presidencia de la república. Para unos es la misma democracia la que está en juego, quizás la última oportunidad de la oposición democrática.

Con la llegada de octubre comienza la cuenta atrás para las elecciones presidenciales venezolanas del próximo 3 de diciembre. Si hace unas semanas estas elecciones resultaban especialmente importantes para el futuro de la región, ahora, tras la última Cumbre de No Alineados, no exageramos si decimos que la importancia de estas elecciones es mundial. Con la salud de Fidel Castro pendiente de un hilo, una derrota del “heredero” y banquero del nuevo movimiento internacionalista pondría en serias dificultades ese nuevo bloque antiyanqui.

Aún así los principales interesados son, sin duda, los propios venezolanos que desde hace años observan impotentes como el régimen del presidente venezolano sigue avanzando año tras año por la vía totalitaria.

Desde el día 1 de agosto, en que comenzó la campaña, el candidato Chávez ha despreciado la campaña electoral pasando más tiempo fuera que dentro de Venezuela, más preocupado por sus negocios geopolíticos que por una reelección que los analistas consideraban como segura y hoy sigue siendo altamente probable. Sus propuestas se reducen a una reforma constitucional que le permita presentarse a las elecciones en el 2013; la creación de un partido único, el partido oficialista, que una a las más de 24 fuerzas políticas que le apoyan o el cambio de la denominación del país a República Bolivariana Socialista de Venezuela, que recuerda esa modificación de la Constitución Cubana en el año 2001 que declaraba inmortal el comunismo cubano.

Nada sobre los problemas de unos ciudadanos que han visto como su caudillo derrochaba los tremendos beneficios del petróleo en ideológicas cruzadas neoimperialistas, y les hurtaba un recurso económico, el petróleo, que les pertenece por derecho propio. Mientras la inseguridad ciudadana sigue creciendo, y las desigualdades no han hecho más que aumentar según los datos del propio Banco Central de Venezuela. A esta falta de ideas Chávez ha unido la estrategia del miedo, con amenazas como la pérdida de las misiones, su única medida de ayuda social o el despido de los empleados públicos, si llega a perder el 3 de Diciembre.

Frente a esta actitud displicente, la candidatura unificada, a la que aun se pueden unir nuevos candidatos, ha logrado presentar una oposición unida a pesar de las grandes diferencias ideológicas. El “ticket” unitario liderado por Manuel Rosales como candidato tiene en Julio Borges, dirigente del partido Primero Justicia, a su vicepresidente y en Teodoro Petkoff, el candidato socialista más destacado, a su director de campaña. Su objetivo es la formación de un frente democrático unido que aglutine a todos aquellos que no están de acuerdo con la deriva totalitaria y militarista a la que el presidente Chavez ha llevado al país y está logrando la movilización antitotalitaria de las fuerzas democráticas.

Frente a la tentación de centrar la campaña en torno al proceso electoral, como ha ocurrido en otras ocasiones, el equipo de Rosales se ha volcado en presentar un programa político de compromiso con Venezuela, que vive una situación económica desesperada a pesar del altísimo precio del barril de petróleo, y mantiene unas cotas de inseguridad en las calles desconocidas.

Para lograr ilusionar con propuestas concretas a todos aquellos, muchos, desilusionados con la situación de la política venezolana Manuel Rosales se ha lanzado a la calle y hasta la fecha ha recorrido dieciséis estados, 39 ciudades, 178 zonas populares en 168 kilómetros caminados con la gente. Entre sus propuestas: la tarjeta Mi Negra como apoyo del Estado a los desempleados y las familias más desfavorecidas, la democratización de las misiones para que no haya discriminación en su acceso y el Plan de Seguridad para combatir de manera directa la delincuencia, depurar las policías, profesionalizarlas y disminuir la impunidad que siempre propicia más delincuencia.

La fuerza con la que se está desarrollando la campaña de Manuel Rosales parece que está logrando acallar las voces de los opositores partidarios de la abstención, que se oponen a cualquier tipo de participación electoral hasta que no se garanticen la totalidad de las condiciones demandadas al Consejo Nacional Electoral, y ha logrado revivir el espíritu de participación ciudadana, tan importante para cualquier país, a pesar del miedo generado por el gobierno a través de la persecución de aquellos opositores que participan en actividades de la oposición como el conocido caso de la lista Tascón.

Sólo falta que la comunidad internacional no dé la espalda a Venezuela y obligue al CNE a garantizar estas condiciones electorales. Sea cual sea la estrategia, la trascendencia de estas elecciones va mucho más allá que la presidencia de la república. Para unos es la misma democracia la que está en juego, quizás la última oportunidad de la oposición democrática, para otros, como señala Juventud Rebelde: “la ocasión para profundizar las transformaciones, o implicar un retroceso. Al fin y al cabo, todo el mundo sabe que no se trata de un hombre, sino del destino de la Venezuela que aún está forjando la Revolución”.

Publicado en Libertad Digital