La derecha cree que desgastar a Podemos es la llave para romper el Gobierno

La derecha cree que desgastar a Podemos es la llave para romper el Gobierno

Para la oposición, demonizar a Pablo Iglesias y los suyos es la principal estrategia para devaluar al Gobierno de coalición ante el votante moderado

El proceso judicial del caso Calvente sigue su curso en el tiempo, pero la guerra política tiene su propia agenda y las hostilidades se han abierto con gran agresividad

José Miguel Contreras | Eva Baroja

A Podemos le esperan unas semanas infernales. Están acostumbrados. Una vez más, se ha convertido en la diana de los ataques del frente político mediático de la derecha española. Tienen ante sí un proceso judicial que seguirá su curso durante las próximas semanas. Sin embargo, el combate político, centrado en el territorio de la comunicación, vive ya una lucha encarnizada. La máxima presión la tiene Pablo Iglesias, que debe estudiar con detalle cada uno de sus movimientos. Lo que van a hacer sus rivales es fácilmente imaginable: irán a tope, con todas sus armas y todos sus recursos en su contra.

Podemos vuelve a estar en el centro de la polémica en los medios de comunicación. La decisión del juez José Manuel Escalonilla de imputar al partido y a alguno de sus dirigentes en la causa por financiación irregular ha desencadenado un intenso temporal político. A medida que se han ido conociendo los detalles de la declaración del exabogado de la formación, José Manuel Calvente, el proceso parece haber perdido solidez jurídica. Hasta el momento, todo se basa en rumores, comentarios o elucubraciones. Pese a todo, la investigación judicial parece que puede alargarse aún varias semanas.

Hasta los hechos son ahora discutibles

Una ley no escrita del funcionamiento de la confrontación política, en los tiempos actuales, especifica en su primer artículo que los hechos confirmados son siempre abiertamente discutibles. La cumbre de este principio la estableció la asesora de Trump, Kellyanne Conway, cuando en enero de 2017 declaró que ellos valoraban no los hechos contrastados por los medios, sino otros “hechos alternativos” que no necesitaban demostración, ni confirmación alguna. Era su realidad. Un segundo apartado de esa ley no escrita declara, por si quedara alguna duda, que en caso de que unos hechos no estén totalmente confirmados, sea cual sea su grado de verosimilitud, son obligatoriamente rebatibles, según los intereses de cada partido.

En los procedimientos judiciales, se parte de la percepción de un magistrado de que hay indicios que animan a investigar unos hechos por si fueran constitutivos de algún delito. La ambigüedad no tiene espacio en la guerra. En cualquier causa, basta una imputación para que los rivales políticos sólo estén dispuestos a discutir sobre la condena que se debe aplicar. Los afectados, lógicamente, suelen refugiarse en la falta de unas pruebas contrastadas y condenables.

En una sociedad plural y democrática, lo lógico es que los medios de comunicación fueran el filtro capaz de distinguir cuándo los indicios de comisión de un delito son abrumadores y cuándo la falta de pruebas concluyentes aconseja la máxima mesura en vaticinar una sentencia condenatoria. En la actualidad, como tantas veces se ha denunciado, muchos de los medios más importantes juegan desde su trinchera un papel frentista que da poca oportunidad a la ecuanimidad.

Los principales dirigentes de Podemos son conscientes de la trascendental importancia que la comunicación juega en el ejercicio de la política y conocen bien sus reglas de funcionamiento. Hace apenas unos días, la Tocata y Fuga del Emérito les había abierto una magnífica posibilidad para abrirse un hueco propio en el debate público. Venían de varias semanas de problemas derivados del caso Dina. Para Podemos, la abierta defensa del republicanismo le permitía colocarse en un espacio libre de competencia respecto a los principales partidos nacionales. Es un debate que les viene bien. Sin embargo, el juez Escalonilla ha cambiado la agenda de la noche a la mañana.

¿Dar la cara o esconderse?

En términos de comunicación política, las imputaciones judiciales son siempre incómodas de manejar. Suele existir una doble tendencia natural contrapuesta. Por un lado, parece aconsejable salir con firmeza a dar la cara ante la opinión pública en defensa de la inocencia. Sin embargo, si esta exposición no se mide bien, puede beneficiar a los contrincantes que tendrán la oportunidad de contraponer sus opiniones y de alargar indefinidamente un debate que se centra en poner en duda la honorabilidad o la culpabilidad de alguien. La otra posible estrategia suele ser la de desaparecer por completo y negarse a servir de leña para que el fuego se reavive. El gran problema de esta jugada es fácilmente interpretable como una huida culpable. La primera reacción de un delincuente es correr antes de que le atrapen. Como ejemplo reciente, cabe señalar la mala impresión que ha dado el exmonarca con su marcha con nocturnidad y alevosía. No ha hecho más que perjudicar su ya deteriorada imagen pública.

La experiencia en este tipo de situaciones aconseja una medida mezcla de ambas estrategias. Resulta indispensable salir públicamente para dar la versión de los hechos. El ideal es que esas explicaciones vayan acompañadas de alguna acción que aporte credibilidad a las palabras. De esta forma, se puede conseguir recuperar la iniciativa política y ayudar a que los medios se centren en las nuevas iniciativas presentadas dejando atrás la fase anterior. Tampoco parece aconsejable prodigarse en exceso. Siempre se corre el riesgo de cometer algún error o de facilitar ataques inesperados.

Desde la perspectiva de la prensa, siempre se tendía a pensar que cuando un acusado o imputado daba la cara públicamente sin barreras ni condiciones, era síntoma de inocencia. Por el contrario, cuando alguien se escondía, el movimiento se interpretaba como claro indicio de culpabilidad. Desde hace años, este juego ha dejado de tener sentido alguno. Muchos culpables han intentado ganarse la confianza pública realizando grandes ejercicios de exposición mediática y, posteriormente, demostrarse que no era más que el último capítulo de su actividad delictiva. En la política actual, nadie se fía ya de nadie.

Acciones de comunicación política de Podemos

En este caso, Podemos ha tomado cinco medidas de manual:

1/ Han movilizado a sus seguidores en defensa de su inocencia. A la vez, significativos portavoces como Rafa Mayoral, Juan Carlos Monedero o Alberto Rodríguez han realizado declaraciones públicas ante los medios.

2/ Han presentado recursos judiciales como prueba de su disconformidad con la evolución del procedimiento.

3/ Han salido en tromba a intentar desmontar los testimonios del principal testigo en su contra hasta ahora, José Manuel Calvente.

4/ Han intentado crear un dique de contención de la crisis que no afecte a su presencia en el Gobierno. Los ministros de Podemos no han comparecido públicamente para evitar contaminar su presencia en el Ejecutivo con los problemas del partido.

5/ Pablo Iglesias se ha mantenido al margen hasta donde ha sido posible. Únicamente, ha dado la cara a través de Twitter con declaraciones muy rotundas, pero se ha negado a comparecer públicamente como vicepresidente del Gobierno.

Así lo ve el profesor de Comunicación Política en la UPF Barcelona School of Management, Toni Aira: “Es un error sacar a los principales líderes porque le daría más fuerza a la polémica, pero sí que están obligados por coherencia a salir. No les quedaba otra porque han sido el martillo de herejes de la corrupción durante años y los primeros en meter el dedo en la llaga a PP, PSOE o CiU”.

La derecha desea que Iglesias aparezca

La oposición política y mediática quería y buscaba otro escenario. Para la derecha, el objetivo clave es conseguir que Pablo Iglesias sea el que cargue con el protagonismo en esta crisis. Van a intentar como sea confrontar con él, retarle a que dé la cara acusándole de esconderse como culpable. Lógicamente, el objetivo es evidente, hacerle salir al escenario mediático para poder concentrar en él todos los ataques.

De forma casi unánime, los portavoces conservadores recurren a criticar la posición victimista de Podemos, recordando que cada vez que se conoce públicamente alguna actuación criticable se refugian en considerar que son “respuestas de las cloacas”. El profesor de la Universidad Complutense Rafa Rubio se muestra crítico con esta recurrente reacción de Podemos: “Este caso les desgasta como partido porque toca al corazón de su mensaje político que siempre ha sido la renovación, la regeneración y el cambio”. Sus mensajes han estado centrados en tres principales ideas: estamos sometidos a un ataque permanente, no tenemos apoyo mediático y la imputación no es más que otra falsedad para desacreditarnos.

La utilidad de este tipo de acción política es, como siempre, discutible. Quizá la idea más extendida es que se trata de una táctica defensiva dirigida fundamentalmente a buscar reforzarse entre los propios seguidores. Para Rafa Rubio, este tipo de movimiento “solo suele funcionar con los propios votantes que son quienes están verdaderamente dispuestos a reforzar sus creencias”. Para Toni Aira, siempre les ha funcionado bien, pero esta vez la estrategia presenta contradicciones: “Fue un buen refugio cuando querían diferenciarse del resto de partidos, porque te singulariza y ayuda a enmarcar la idea del ellos y el nosotros, la casta y el pueblo, pero ahora suena demasiado forzado porque forman parte del Gobierno de España”. Además, en Podemos, según ambos expertos, cada vez se observa una mayor utilización de recursos que les homologan a los partidos clásicos y a sus dinámicas, como intentar desacreditar a la fuente de acusación y “ver a los jueces como una extensión de la derecha”.

PP y Vox necesitan a Podemos en su estrategia

Podemos y Pablo Iglesias son absolutamente indispensables en la actualidad para la estrategia de PP y Vox. En otras épocas, la derecha jugaba a ignorarles para dejarles fuera del juego político. Hoy son la base de su acción. Se trata de identificar al máximo a Podemos y a Pablo Iglesias como la mayor amenaza a la estabilidad democrática del país. El paso siguiente es el de vincular al PSOE y a Pedro Sánchez como copartícipes de ese riesgo. Es el peligro que Cayetana Álvarez de Toledo identificaba este fin de semana como un “Pedro Sánchez podemizado”, en su entrevista con Javier Casqueiro en El País. El fin último es el de atemorizar a los votantes moderados que en la actualidad apoyan al PSOE y desequilibran la balanza electoral hacia la izquierda.

Toni Aira tiene claro que “el PP aprovecha que el Pisuerga de Podemos pasa por Valladolid, que es La Moncloa, porque su objetivo sigue siendo presentarse como la alternativa al PSOE y demostrar que el bipartidismo no ha muerto”. Rafa Rubio aporta otra perspectiva al asunto. A su juicio, los populares deben tener cuidado con centrarse excesivamente en atacar a Pablo Iglesias y los suyos porque considera que no deben olvidar que “de poco sirve desgastar a Podemos si eso hace grande al PSOE, que es su verdadero rival en las urnas”.

Reforzar el voto frente al enemigo

El ataque incesante a Podemos, desde la derecha, tiene una segunda derivada no menos significativa. Además de intentar desgastar al actual Gobierno, sirve para reforzar su propio electorado. El discurso anti-Podemos representa extraordinariamente un elemento motivador y de agitación del voto de la derecha. Según Rafa Rubio, “todo lo que genera Vox en la izquierda, lo genera Podemos en la derecha. Hay una parte de la opinión pública de la derecha que considera a Podemos un enemigo de la democracia y ante ese peligro, la reacción es inmediata”.

Rubio pone como ejemplo las campañas electorales del Partido Popular en 2015 y 2016: “Todas las referencias, mensajes políticos y piezas publicitarias estaban centradas en el miedo a que Podemos llegase al poder”. Para Toni Aira, “esto es fruto de la simplificación de los discursos políticos. Hoy en día, si como partido tienes un antagonista, tienes un tesoro. Si no entusiasmas demasiado a tus votantes, solo con decir que eres lo opuesto a algo que para tu público es lo peor, te ahorras mucho trabajo”.

La curiosa trampa del lenguaje

Esta confrontación directa tiene un curioso terreno de estudio en este caso: el lenguaje. Para el PP, su caída en la moción de censura tras la sentencia de la Gürtel fue un suceso que nunca ha terminado de superar. Ahora, la imputación de Podemos, le ha permitido hacer suyo todo el vocabulario que formó parte de su vía crucis: caja B, financiación irregular, sobresueldos, obras de remodelación de la sede, etc.

Estos días, hemos visto a los portavoces populares Pablo Montesinos y Andrea Levy centrar sus intervenciones en el uso y abuso de esta terminología, como si ambos hechos, la Gürtel y el caso Calvente fueran comparables. Así lo ve Rafa Rubio: “Que el PP diga que Podemos tiene una caja B se justifica por el efecto de revancha generado por la moción de censura. Quieren asimilar ambos casos y aprovechar la imputación para pedir que se les mida con el mismo rasero”.

En busca de Pedro Sánchez

En todas las comparecencias públicas de los portavoces del PP, han insistido en extender la responsabilidad de la imputación a Pedro Sánchez y pedir que cese inmediatamente a Iglesias. Por su parte, el Gobierno de coalición ha resaltado la desvinculación de PSOE del escándalo. Pedro Sánchez y los líderes socialistas han decidido abstenerse de tomar posiciones en este conflicto.

Seguramente, los dirigentes de Podemos están de acuerdo en que se mantengan al margen de la polémica. Si criticaran a Podemos, se abriría, lógicamente, una crisis en el espíritu solidario de la coalición. Si apoyaran notoriamente a sus socios, no harían más que servir de prueba visible de lo que Álvarez de Toledo defiende: la podemización de Pedro Sánchez.

El presidente del Gobierno sólo se ha visto obligado a pronunciarse sobre el asunto, el pasado jueves, tras el encuentro en Palma de Mallorca con Felipe VI. En la rueda de prensa posterior, eludió comentar la imputación de sus socios y marcó distancias defendiendo la independencia de la justicia: “Máximo respeto hacia la labor de los jueces”. Y ahí se quedó

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Moción de censura: la última jugada de Vox para recuperar a su electorado

Moción de censura: la última jugada de Vox para recuperar a su electorado

La moción de censura anunciada para septiembre es una estrategia para ganar relevancia, protagonizar el foco mediático y marcar la agenda política del verano

Los expertos critican que se utilice un instrumento constitucional tan excepcional como éste con fines estrictamente comunicativos

Eva Baroja

A la vuelta de vacaciones, y coincidiendo con el debate de los Presupuestos, seremos testigos de la quinta moción de censura de nuestra democracia. La tercera en los últimos tres años. Lo anunciaba por sorpresa Vox en el pleno del pasado miércoles. La motivación para presentarla es, explicaba Abascal desde la tribuna, “evitar que España caiga en la ruina y en la muerte”, pero detrás de este más que cuestionable argumento se esconden otras múltiples causas que tienen que ver puramente con estrategias políticas. Lo que buscan es recuperar la relevancia perdida, marcar la agenda del verano y del inicio de curso y presionar a su competidor directo, el Partido Popular, llevando la iniciativa en el espacio de la derecha.

Los últimos sondeos dan a Vox una caída de entre dos y cuatro puntos que van a parar al partido de Casado. Su papel como oposición durante la crisis del coronavirus ha quedado desdibujado y sumido en la irrelevancia política ya que los temas que monopolizan el debate en esta crisis (salud, economía, políticas sociales…) no casan bien con su discurso visceral y emocional, siempre centrado más en cuestiones culturales e identitarias. Aunque saben que ganar esta moción es imposible, y que los números no dan, quieren volver a presentarse ante la opinión pública como el único partido que denuncia y abanderar por encima de todo un antigubernalismo que es su razón de ser: Vox contra el Gobierno, contra el sistema y contra el mundo. Un posicionamiento bastante arriesgado porque, en estos momentos, al resto de formaciones políticas no les interesa confrontar en exceso en un procedimiento de censura al Gobierno perdido de antemano.

¿Amenaza u oportunidad para el PP?

Políticos, periodistas y analistas coincidían estos últimos días en una idea: la moción no es contra el gobierno de Pedro Sánchez, es contra Pablo Casado, pero ¿hasta qué punto podría perjudicar a los populares que su contrincante ideológico lidere la censura al Gobierno? A Verónica Fumanal, presidenta de la Asociación de Comunicación Política (ACOP), la moción de Vox le recuerda mucho a la que presentó Podemos contra Rajoy: “Ambas son un arma utilizada para debilitar a un partido de tu mismo espacio ideológico. En este caso, ponen en un brete al Partido Popular ya que va a tener que decidir entre dos opciones que son malas lo miren por donde lo miren: estar con Sánchez o darle la razón a Vox, concediéndole así el liderazgo de la derecha”.

Sin embargo, el profesor de la Universidad Complutense y asesor político Rafael Rubio, considera que lejos de perjudicar al Partido Popular puede ser una buena oportunidad que le permita distinguirse definitivamente de la extrema derecha: “Frente a las acusaciones permanentes de que son lo mismo, tienen que hacer pedagogía y convencer a los votantes del PP que están enfadados con el Gobierno de que esta moción es una herramienta de propaganda“. En la misma línea se sitúa el sociólogo y especialista en comunicación política David Redolí, quien cree que “la jugada de Vox tiene riesgos enormes porque puede reposicionar al PP como un partido de Estado, que no anda en juegos ridículos cuando no toca y que es una derecha responsable e institucional”. También podría beneficiar a Ciudadanos en su estrategia de transmitir una imagen de partido de centro, útil y bisagra bajo el nuevo liderazgo de Arrimadas. Así, el debate de la moción podría servir a los naranjas para diferenciarse y desligarse definitivamente de la foto de Colón.

Objetivo: recuperar el foco y marcar la agenda

Los expertos consideran que utilizar una herramienta tan excepcional como una moción de censura con fines estrictamente comunicativos desvirtúa su sentido y frivoliza con su gravedad. Para David Redolí, “la diferencia fundamental de esta moción con las otras es que solo está hecha para poner a Vox en el candelero durante un par de meses y generar una posición tremendamente incómoda a su principal adversario ideológico”. Precisamente para evitar especulaciones y que se hable excesivamente del tema, Rafa Rubio cree que el PP ha actuado inteligentemente al dejar clara de manera rápida y efectiva su postura: “Antes de que acabase la sesión, avisaron de que no iban a apoyar la moción. Si no, la gente hubiese estado todo el verano plateándose qué es lo que va a hacer el PP y eso les perjudica”.El mero hecho de hacer el anuncio a un mes vista pone de manifiesto lo que pretende el partido de Abascal: llamar la atención de los medios y aumentar los tiempos de exposición de la noticia. A Redolí, esta anticipación le parece “un disparate” desde el punto de vista estratégico porque “da mucho tiempo al resto de actores para reorganizarse”. Llegado el momento de la votación, la mejor decisión que podría tomar el partido de Casado, según Fumanal, es la abstención. Aunque siempre es difícil de explicar y vender comunicativamente, la presidenta de la ACOP cree que es la opción que menos daño les haría: “Significaría que no pueden estar al lado de un presidente del Gobierno como Sánchez pero tampoco de alguien que censura en un momento de crisis y sin tener la mayoría necesaria para hacerlo”.

Oxígeno al Gobierno de coalición

En los últimos cuarenta años, la mayoría de las mociones de censura no se han hecho con el ánimo de derribar al gobierno existente ya que en todas, exceptuando la que llevó a Sánchez a Moncloa, la aritmética no sumaba y no había alternativa real de Gobierno. Los motivos siempre han sido otros: escenificar ante la nación al próximo presidente como ocurrió en la de Felipe González contra Adolfo Suárez en 1980, desgastar a un partido de tu mismo bloque como la que presentó Podemos en el año 2017 contra Mariano Rajoy o también acaparar la atención mediática en un momento en el que las encuestas van a la baja, como pretende hacer Vox con la de septiembre.

Sin embargo, esta vez, todo es distinto. Parece evidente que plantear una moción en medio de una crisis sanitaria y cuando el Gobierno de coalición lleva solo nueve meses en el poder no es la respuesta más adecuada que el país necesita para abordar la grave situación económica y social a la que nos enfrentamos: “En todos los países la oposición sigue haciendo su labor, pero no de una manera tan destructiva y tan frontal como se está haciendo en España. Ponerte a tumbar un Gobierno en un momento tan dramático y crítico no tiene sentido”, afirma Redolí. El gran riesgo para Vox, según los expertos, puede ser que la moción de censura tenga el efecto contrario y en lugar de desgastar y perjudicar al Gobierno, le dé oxígeno y lo refuerce. Previsiblemente, PSOE y Podemos cerrarán filas y se crecerán, como ocurrió en las dos últimas elecciones, ante ese enemigo común que representa mejor que nadie el partido de Abascal.

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