El libro blanco de la política exterior española. Diplomacia pública y ciberdiplomacia

El Ministro García-Margallo anunciaba recientemente la elaboración de un Libro Blanco de la Política Exterior Española (fórmula habitual en Bruselas para empezar a trabajar distintos temas), esperemos que tengan en cuenta la diplomacia pública en sus reflexiones. Si se decide puede contar con una serie de reflexiones interesantes. A las ya clásicas de Javier Noya se han añadido en los últimos tiempos algunas relevantes, la última publicada en la revista Comunicación y Sociedad de la Unav sobre la dimensión comunicativa de la diplomacia pública. Se trata de una valiosa aportación de Juan Luis Manfredi (@juanmanfredi) en un campo poco trabajado desde la perspectiva comunicativa en España. Otra referencia imprescindible sería la de Luis Melgar, publicada por el propio MAEC hace cosa de un año.

El tema no es menor. España se enfrenta a un gran reto en el mundo y la credibilidad será clave para el éxito de la empresa. Esa credibilidad se cimenta sobre las actuaciones de nuestros representantes pero, en la sociedad-red, depende en gran medida de su actividad comunicativa. Hoy más que nunca la comunicación se ha convertido en una herramienta de poder, una forma de influencia en la toma de decisiones de otros Estados y otros públicos, cada vez más influyentes internacionalmente. De ahí la importancia de la diplomacia pública, y el importante papel que la red juega en la misma.

Como señala Manfredi “Ningún autor reconoce ya la capacidad del Estado para controlar el contenido informativo, la calidad de la señal o la imagen que se proyecta
en el exterior, si bien el grado de libertad de información y el flujo constante
de imágenes es irregular”. De ahí la necesidad de diseñar una comunicación coordinada que involucre al mayor número posible de actores, convertidos en embajadores de la marca España en una estrategia de comunicación en red. No basta con seguir confiando en los éxitos de nuestros deportistas, y algunos de nuestros artistas, sino que es necesario construir una diplomacia basada en las relaciones personales, involucrar en esta tarea los españoles por el mundo (científicos, profesores, empresarios…), cambiar al sujeto de nuestras acciones, cada vez menos el Estado y cada vez más la opinión pública, y los creadores de opinión los distintos sectores, no ya internacional, sino de cada uno de los países en los que España y los españoles tienen intereses de cualquier índole.

Para eso es necesario darse cuenta de la importancia del asunto, diseñar un plan, establecer un equipo… en esta labor las nuevas tecnologías juegan un papel imprescindible. Así lo reconoce la Smith-Mundt Modernization Act 2010 que, como nos indica Manfredi, tiene entre sus tareas “actualizar la capacidad de las autoridades para luchar y ganar la batalla de las ideas contra la violencia de las ideologías extremistas en internet y en otros medios de información”. El congresista Thornberry, que lidera el proceso legal, lo expresa claramente en su web

“la norma debe actualizarse para reforzar nuestra comunicación estratégica y la capacidad de la diplomacia pública en todos los frentes, sobre todo el digital”

.

Hay muchos países trabajando en el tema desde hace tiempo, con excelentes resultados; otros muchos han sido capaces de entender su importancia y destinar recursos a tal labor. Sin ir más lejos hace un año tuve la suerte de colaborar con la Cancillería Peruana en un proyecto que apuntaba en esta dirección, y que concluyó con una jornada de formación a todos los funcionarios de Relaciones Exteriores. Aquí os dejo la presentación que utilizabamos en la formación:

Fruto de esta experiencia escribí algunas cosas que se han publicado recientemente en los Cuadernos de la Escuela Diplomática española: Ciberdiplomacia: una introducción:

En España estamos un poco en mantillas en el tema. No olvidemos que la ciberdiplomacia no es más que una herramienta de la diplomacia pública y, a pesar de la necesidad, ésta ha estado ausente de cualquier plan de acción exterior en los últimos años. Quizás ahora que la necesidad aprieta y nuevas caras llegan al Palacio de Santa Cruz sea un buen momento.

Google y China, un claro ejemplo de la diplomacia en red (iii)

Los cambios que se están produciendo en las relaciones internacionales, y que giran en torno a la sociedad internacional en red y los nuevos actores de las relaciones internacionales plantean nuevos retos a la política exterior de los Estados, especialmente en el campo de la comunicación. Hoy, como decía Francis Bacon, la información es más poder que nunca, lo que ha cambiado es que hoy, al contrario de lo que se pensaba tradicionalmente, la información no es más poderosa cuando se mantiene oculta y se utiliza estratégicamente sino cuando se hace llegar con credibilidad al público adecuado en el momento justo, mejor pronto que tarde…

Hoy la información está al alcance de mucha más gente, los mensajes llegan más lejos, más deprisa y con menos intermediarios, el poder sobre la información se distribuye muchísimo más, alejándose de los gobiernos hacia ese amplio abanico de actores que hemos señalado. En este contexto, la política de los Estados no puede seguir basándose en el de control la circulación de la información, quienes lo intenten afrontan un elevado coste y una frustración final. Los gobiernos van descubriendo que, si quieren desempeñar un papel relevante en el escenario internacional, tienen que prescindir de las barreras que impedían el intercambio de información, renunciando a la trampa tradicional de mantener la información oculta en una caja negra, algo que en la nueva situación resulta suicida. (Nye, 95) En vez de reforzar la centralización y la burocracia, la opción de los gobiernos pasa por un cambio de actitud radical en su actitud frente a la información que les permita aprovechar las nuevas tecnologías de la información para la creación y la alimentación de las nuevas comunidades internacionales en red .

Esto nos lleva directamente al primer reto, lo que muchos denominan “la paradoja de la plenitud”: una plenitud de información produce una pobreza de atención(Herbert a. Simon, It´s not what you know, it´s how you know it). En la sociedad de la información la atención es un bien escaso, probablemente el más valioso, algo que deberían tener en cuenta los actores de las relaciones internacionales.

Desde el punto de vista de la recepción se refuerza la necesidad de cuidar las fuentes, de filtrarlas, de gestionar con acierto la información que se recibe y se distribuye entre sus miembros y aquellos que logren distinguir las señales valiosas de las interferencias ganarán poder.

Desde el punto de vista de la emisión de la información es clave entender que las distintas comunidades que hoy influyen en las relaciones internacionales giran principalmente en torno a referentes de información interesante y creíble. Nye ya señalaba que “Lograr establecer la credibilidad suficiente para llamar la atención y mantener ese interés se ha convertido en la cuestión política primordial” (130).
No se trata sólo de producir información propia sino también de la capacidad de distribuir información ajena, y hacerlo de manera atractiva, siguiendo formatos adecuados para cada público, sin despreciar enfoques como el del infoentretenimiento, y sobre todo con la que considero la mejor herramienta frente al déficit de atención, el prestigio.

El prestigio quizás ha sido siempre el arma más poderosa de las relaciones internacionales. Aunque esto no ha cambiado lo que ya no es igual es la forma de valorarlo. Si el prestigio internacional antes se medía sobre todo en torno a datos como los índices macroeconómicos o el potencial militar, hoy gira en torno a la imagen país, y en su construcción el Estado es un actor más, muchas veces ni siquiera es el más importante, en un proceso en el que participan esa gran variedad de actores de los que venimos hablando.

Para participar de manera eficaz en la construcción de esta imagen-país y lograr que esta sea acorde con los intereses del Estado, el diseño de la comunicación de los Estados, debe centrarse en la credibilidad. Las relaciones internacionales, como el resto de la política, se han convertido en un concurso de credibilidad, y en este concurso hoy, como hemos visto, participan no sólo los gobiernos sino el resto de actores de los que venimos hablando medios informativos, empresas, ongs, redes de científicos…. El buen nombre es el capital más importante de los Estados y los distintos actores, que lo saben, utilizan la exposición pública para atacar el prestigio tanto nacional en sus distintas facetas a través de tácticas como la de nombrar y avergonzar (Nye, 151). Esta obliga los Estados a estar atento de lo que se dice, preparar y validar fiablemente la información que producen y la que distribuyen, clasificando lo que es correcto y lo que es importante. En este reto de mantener la confianza, clave para ejercer la diplomacia pública en este nuevo entorno, la transparencia se convierte prácticamente en una obligación.

En esta estrategia de comunicación de los Estados, que pasa por convertirse en un actor fiable de la comunicación, las principales herramientas de posicionamiento en los medios de autocomunicación de masas son tres: el enmarcado, el establecimiento de la agenda y la priorización.

La multiplicidad de actores se convierte en otro de los retos principales de la nueva estructura de las relaciones internacionales. Esto supone un cambio en los sujetos receptores de la comunicación de las relaciones internacionales. No basta sólo con localizarlos y tratar de llegar a todos ellos, aunque la globalización ha generado un compleja red de interconexiones que permite una distribución masiva de información “este “globalismo denso” no es uniforme; varía según la región, la localidad y el asunto a tratar. Al adaptar nuestra política exterior a este nuevo siglo, tendremos que responder a cuestiones que implican una mayor complejidad, una mayor incertidumbre, un menor tiempo de respuesta, una participación más amplia de grupos e individuos y una disminución desigual de las distancias. El mundo es más asequible, pero en términos de las medidas a tomar, un sólo tamaño no sirve para el conjunto” (Nye 131-132). La estructura de red se convierte así en una nueva prioridad de las relaciones internacionales. No se trata solo de la lógica anunciada por autores como Peter Drucker o los Toffler, que argumentan que la revolución de la información está poniendo fin a las organizaciones burocráticas jerárquicas que caracterizaron la época de las dos primeras revoluciones industriales (Drucker The next information revolution; Toffler, The politics of the third wave), sino de la respuesta indispensable a una realidad, la de las nuevas relaciones internacionales.

Esta estructura de red dificultará a los gobernantes mantener una disciplina coherente en los asuntos de política exterior. La falta de coordinación y de planificación estratégica, consecuencia de la ampliación de actores activos y los objetivos de la diplomacia, se convierten así en los problemas más habituales. Se detecta como una crisis de crecimiento, de adaptación, de estructuras que responden a una forma de entender las relaciones internacionales que hoy resulta tremendamente ineficaz y así se revela cuando surgen problemas concretos. En una diplomacia en red, como la que se plantea, la ausencia de estos dos elementos impide lo más importante, las sinergias entre los diversos actores involucrados. Como advierte Melgar, “la acción descentralizada (propia de las estructuras en red) bien puede convertirse en una miríada de acciones contradictorias que acaben por distorsionar, difuminar y hasta pervertir la imagen del país, por lo que resulta imprescindible un importante esfuerzo de coordinación” .

Los Estados deberán no sólo compartir el escenario con estos actores privados sino que tendrá que reatroalimentarse con ellos, adaptándose a sus distintas estructuras y procedimientos, sabiendo que compartir cierta información, distribuirla suele repercutir en aumento del poder blando de cada uno de ellos. Resumiendo: Los Estados no tienen más remedido que ser menos reservados y más porosos. Los Estados, al igual que están haciendo las empresas, deberían empezar a crear departamentos para tratar con los actores de las relaciones internacionales. No se trata sólo de compartir escenario con ellos, de “participar”, sino de interactuar con ellos de manera proactiva. En el nuevo escenario participar no basta, este es, por ejemplo, el problema de percepción que tradicionalmente, no sólo con George W. Bush, enfrenta la diplomacia norteamericana que, pese a su roll activo en organizaciones multilaterales que financia en gran proporción, es percibida como un participante sordo, que emplea sus reuniones en hablar, sin pararse a escuchar. En la sociedad del conocimiento, un liderazgo eficaz requiere un diálogo con los liderados.

Por último no podemos olvidar que, en un contexto como el que estamos descubriendo, la seguridad se convierte en un elemento importante. El uso de la coacción sigue desgraciadamente al día en las relaciones internacionales y junto a los conflictos armados, en el que la diversidad de actores y la dificultad de señalar al enemigo son ya una constante, aparecen los ciberataques cuya autoría es dificil de identificar. Algunos ejemplos recientes serían los reivindicados recientemente por el ciber ejercito iraní que sustituyó la portada de twitter y Baidu por una pantalla en fondo negro que anunciaba que “Este sitio ha sido hackeado por el Ciber Ejército Iraní” y una fotografía de una bandera verde. O los que Gobiernos como Alemania, Nueva Zelanda, EEUU y Reino Unido han atribuido a hackers chinos. Autores a su vez del ataque masivo sufrido por Google en China, que ha llevado al gigante de internet a amenazar con su retirada del país asiático, en una buena muestra de como están cambiando los actores y los métodos utilizados.

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El fenómeno que estamos describiendo no es algo nuevo, ni vinculado necesariamente a las nuevas tecnologías, pero pensamos que, como muchos otros fenómenos, adquiere gracias a las TICS una dimensión que lo transforma de manera cualitativa, hasta afectar a su esencia. Hay países que lo vienen haciendo de manera centralizada (departamento de Estado norteamericano) o difusa (Francia con sus Liceos y sus Alianzas Francesas o el Reino Unido con la BBC y los British Councils). Pero poco a poco los países tienen que renunciar a mantener el control absoluto de la gestión de su imagen, y delegar, alimentar… a otros actores que como advierte Nye, son cada día más poderosos: “la tecnología se ha ido extendiendo hacia personas y países. La revolución tecnológica en el sector de la información y la comunicación está despojando de su poder a los gobiernos y permitido a determinados grupos e individuos asumir papeles en la política mundial que antaño se reservaba a los gobiernos nacionales”. (Nye, p. 10)

Los efectos de la tercera revolución industrial sobre los gobiernos centrales aún están en sus primeras etapas. Algunos autores han compartido sus intuiciones sobre el futuro del Estado Nación, De Ugarte en “De las naciones a las redes”, las ve como entidades con fecha de caducidad, restando tanta importancia al Estado que, en mi opinión, acaba cayendo en el error de tratar de sustituir unos por otros. En mi opinión hay que superar la mentalidad que piensa solo en términos de entidades institucionalmente sustituibles por el Estado (ref. John G. Ruggie, 1993), con un modelo más cercano al que nos presenta Esther Dyson que nos habla de una “Desintermediación de los gobiernos” y retrata una sociedad global donde los interconectados (comunidades virtuales y redes que rebasan las fronteras nacionales) se superponen a las comunidades geográficas locales tradicionales (Release 2.1. A design for living in the digital age), un sistema de comunidades y gobiernos entrecruzados. En mi opinión, de momento, no se trata de cuestionar la existencia del Estado soberano sino de ver cómo se están alterando su centralidad y sus funciones. Se trata de un proceso abierto, en configuración y a lo largo del proceso vamos a ir viendo como están cambiando los significados de conceptos como jurisdicción, poder o la función de los agentes privados dentro de una soberanía. No se trata de un desafío frontal a los gobiernos, sino de una capa de relaciones que tales Estados de hecho no controlan y que pueden tanto avanzar de la mano como entrar en conflicto.

Ante esta postura, que comparto con Dyson o Nye, la pregunta sería¿qué ha cambiado si el Estado permanece en el centro del poder mundial?. La respuesta nos la dan Smith y Naim “En una palabra, todo. Nunca hasta ahora habían competido tantos agentes no estatales para obtener la autoridad y la influencia que antaño pertenecía solamente a los Estados”(Altered States: Globalization, Sovereignty and Governance, Otawa, 2000).

Son tales los cambios que algunos se han atrevido a comparar este nuevo sistema con el existente antes de la Paz de Westfalia, donde en 1648 tomó forma el sistema estatal, un sistema como el que acompañó el “desarrollo de los mercados y la vida urbana durante el primer periodo feudal. Las ferias comerciales medievales no sustituyeron a las instituciones de autoridad feudal. No derribaron los muros del castillo ni derrocaron al señor local. Pero sí trajeron una nueva riqueza, nuevas coaliciones y nuevas actitudes resumidas en el proverbio “los aires de la ciudad traen libertad” (87). Aparece así en el horizonte un nuevo “ciberfeudalismo” con comunidades superpuestas y jurisdicciones que reivindican las múltiples capas de las identidades y lealtades de los ciudadanos. Una especie de vuelta a la Europa medieval en la que la lealtad se prestaba por igual a un lord local, a un duque, a un rey y al Papa y que hoy se reproduciría en un europeo que puede deber su lealtad a Gran Bretaña, París y Bruselas además de a varias cibercomunidades relacionadas con la religión, el trabajo y una serie de aficiones (Nye, p. 86). Algo que James Rosenau define como “fragmegración”, un fenómeno en el que la integración en identidades mayores convive en el tiempo con la fragmentación en comunidades más pequeñas, que pueden moverse incluso en direcciones contradictorias al mismo tiempo, según las circunstancias (Nye, p.93).

Los nuevos actores son de lo más diverso, y aunque muchos de ellos no parezcan tremendamente poderosos, según el standard tradicional, con la revolución de la información están construyendo su propio poder, un poder blando, que comienzan a hacer valer. Entre estos actores encontraríamos las grandes compañías transnacionales, con implatación e intereses económicos en un gran número de países, lo que las convierte en un sujeto indispensable para la adopción de determinadas medidas cuya ejecución sin su colaboración es prácticamente imposible. Otro tipo de comunidad transnacional que está cobrando importancia es la comunidad científica de expertos con ideas afines, muchas de ellas articuladas en torno a think tanks, de los que Castells nos ofrece una extensa explicación en Comunicación y poder. Estas redes, organizadas o no, están llamados a proporcionar la materia prima del nuevo poder, el mensaje, los contenidos, el consenso “global” que establece la agenda, de los medios y la opinión pública.

Pero quizás lo más relevante, desde la perspectiva de los actores en las relaciones internacionales, es el papel que están desempeñando lo que podemos resumir como ongs, organizaciones a las que se les presupone el interés público, y que, de manera centralizada o con métodos de trabajo en red, desarrollan su labor más allá del ámbito de los Estados, y que han descubierto que una de las formas más eficaces de cumplir sus fines es involucrarse activamente en la adopción de decisiones por parte de Estados nacionales y organismos internacionales. Con este objetivo proponen normas, presionan a los gobiernos y empresarios, influyen en su percepción pública… Este fenómeno se ha multiplicado en los últimos años, gracias, entre otras cosas, a los bajos costes de la comunicación que, además de multiplicar el alcance, la coordinación, y la financiación, la eficacia de las existentes, ha permitido la aparición de nuevas organizaciones poco estructuradas, con escaso personal en plantilla, o incluso de individuos privados con tremenda capacidad para penetrar en los países, con una habilidad sorprendente para conseguir influir en la agenda de los medios de comunicación y, en consecuencia, de los gobiernos. Estas comunidades transnacionales abren sus puertas a millones de personas, sus miembros, de manera individual o en pequeños grupos, tienen en común sus métodos de trabajo en red, que les permite desarrollar, de manera coordinada, actividades con relevancia para las mismas, que obligan a repensar el papel de los ciudadanos y sus organizaciones. Algunas consecuencias, aunque se escapan de este post, sería una mayor volatilidad en vez de un movimiento constante en una dirección concreta.(Nye, 93) Esta mayor volatilidad afecta también al carácter temporal de las nuevas comunidades, algo clave para cualquier tipo de estudio para estudiar la participación política a partir de ahora. Un ejemplo serían los efectos relámpagos, repentinas oleadas de protesta provocados por temas o hechos como las reacciones que hemos vivimos en España en momentos distintos como las elecciones de 2004, el rechazo a la ley que autorizaba los matrimonios entre personas del mismo sexo, o el papel de las familias en la educación de sus hijos o en otros países, recientemente las movilizaciones antiimpuestos revividas recientemente en EEUU en torno a las Tea Parties.

Otra buena muestra de esta volatilidad y flexibilidad para trabajar en red en defensa de objetivos concretos, con compañeros que desarrollan su labor en campos absolutamente diferentes, sería el de los conocidos como “grupos antiglobalización”, que protestaron en las reuniones de la OMC y en los que se podían encontrar desde antiguos izquierdistas del capitalismo, sindicalistas intentando proteger los empleos bien pagados de la competencia de los países pobres, ecologistas pidiendo una mayor regulación internacional, jóvenes idealistas que querían demostrar su solidaridad con los pobres y anarquistas que provocaban disturbios por pura diversión y para aprovecharse…. (Castells en Comunicación y Poder les dedica un amplio espacio y nos da la pista de Juris para un estudio más pegado a la tierra).

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Tras las críticas recibidas por la web de la Presidencia Española, y las expectativas generadas dentro del MAE, he comenzado a leer un poco sobre el tema. Las relaciones internacionales no son una excepción en las modificaciones que en la forma de estructurar las instituciones políticas que está introduciendo la sociedad del conocimiento. Los Ministerios de Relaciones Exteriores han comenzado a modificar sus estructuras, adaptándolas a los nuevos tiempos, algo que con el tiempo terminará provocando cambios también en el perfil del diplomático, que en el imaginario público sigue asociado a un relaciones públicas de clase alta, buena familia, con dominio de los idiomas, y un 10 en saber estar, cambios que ya se están notando en las nuevas generaciones de las escuelas diplomáticas, no sólo de España sino de muchos otros países…

Joseph Nye Jr nos advertía hace ya unos años que “La revolución de la información está alterando drásticamente el mundo de la política exterior, haciendo que a los funcionarios les resulte más difícil de organizar…Está cambiando la naturaleza de los gobiernos y la soberanía, incrementando el poder de los agentes no estatales y ampliando la importancia del poder blando en la política exterior” (NYE, J. (2003), La paradoja del poder norteamericano, Madrid, Taurus). De esta manera, aunque las relaciones exteriores tradicionalmente se conciben al margen de la ciudadanía, desde hace un tiempo ha empezado a cobrar importancia el concepto de “poder blando” que frente al poder duro, que impone su voluntad de manera coercitiva, “se vincula directamente a la información, procede de organizar bien el programa político (la agenda) y, sobre todo, sentar las bases para el diálogo” , influyendo en la forma de pensar de los Estados, especialmente de las sociedades que los forman, tratando de interactuar con una diversidad de actores. En este camino frente al poder duro en el que influyen factores como el producto nacional, las fuerzas armadas, la posición histórica y geográfica, etc., el poder blando se configura como un concepto intangible, vinculado a la imagen del país, formada por la ideología, la percepción internacional de su estabilidad institucional, su imagen acogedora, rentable para invertir, culturalmente interesante, turísticamente atractivo, tecnológicamente avanzado,…

De esta manera los Estados, para poder mantener su papel en el concierto internacional, necesitarán de nuevas herramientas, dirigidas a mejorar sus relaciones no sólo con los Estados sino, principalmente, con los actores de la “opinión pública internacional” y el público en general. La diplomacia, tradicionalmente reservada a las relaciones entre Estados, se ha visto obligada a ampliar su público para seguir defendiendo con eficacia los intereses de los Estados a los que representa. Se amplia incluso su misión, que va mucho más allá de la representación oficial del Estado ante otro Estado, o ante los organismos internacionales, y pasa por la promoción exterior de los intereses nacionales e internacionales de sus ciudadanos y empresas, en campos como el económico o el turístico, la cooperación internacional, la promoción de la democracia.. Nye nos advierte que “el acceso al poder blando es más dificil para el gobierno que el poder duro, pero eso no implica el rechazo, o la renuncia al mismo”.

Surge así el concepto de “diplomacía pública”, que respondería a la forma en la que los gobiernos intentan ejercer (Nye dice gestionar) este poder blando. Según la definición de Melgar, podríamos definir diplomacia pública como “el conjunto de estrategias e instituciones deseadas para la proyección de la imagen de un país en la opinión pública internacional”(Tesina de Luis Tomás Melgar Valero para la Escuela Diplomática, Madrid, 1 de junio de 2009, pág. 13).

Aunque si nos atenemos a las definiciones clásicas la diplomacia pública estaría compuesta por factores tan heterogéneos como la acción cultural en el extranjero, la labor de proyección exterior realizada por los medios de comunicación o los intercambios educativos y comerciales , en las que el Estado sigue siendo protagonista, pensamos que la característica fundamental de la diplomacia pública no está en sus componentes sino en su carácter reticular y su bidireccionalidad, basada en el diálogo y la necesaria retroalimentación de la opinión pública a la que va dirigida.

La diplomacia pública abre de manera infinita el campo de juego de las relaciones internacionales, y hace que difícilmente los Estados puedan cubrir, con sus propias fuerzas, todos y cada uno de los espacios. La política exterior no será ya más el coto privado de los gobiernos. Tanto los individuos como las organizaciones privadas están comenzando a intervenir directamente en la política internacional, estableciendo pautas y estrategias que afectan enormemente a la política pública, que antes estaba sólo en manos de los Estados. “La difusión de la información significará que el poder estará más distribuido y las redes extraoficiales disminuirán el monopolio de la burocracia tradicional. Los gobiernos tendrán un menor control de sus estrategias, también de las de comunicación. Tendrán un menor grado de libertad al tener que responder de los hechos y tendrán que compartir escenario con más actores. Aumentarán las sociedades público-privadas y la “privatización” de funciones” , que recaerán en muchas de estas organizaciones revestidas de un poder blando propio, al tiempo que los ciudadanos comenzarán a agruparse en torno a coaliciones que ignoran las fronteras nacionales.

La diversidad de los públicos y los terrenos de juego en los que se juega ese poder blando, hace que la mejor estrategia sea una estrategia en red, que pase por construir y mantener relaciones de confianza que involucren a un número lo más grande posible de actores .

Esta estrategia en red puede ser de dos tipos, que atendiendo a la clasificación de Melgar podría definir como:
– Las mega-redes, que estarían formadas por los Estados y sus relaciones oficiales, a través de convenios, y de una amplia gama de organismos internacionales, que tendrían en la ONU su centro. Desde hace un tiempo existe la tendencia de incorporar a estas redes a tecnócratas, representantes corporativos, grupos de presión y ONG’s. Estas mega-redes se presentan así como “la evolución natural de la diplomacia tradicional”.
– Lo realmente novedoso en este planteamiento serían, siempre según la terminología de Melgar, las micro-redes, que, además de identificarse con la diplomacia pública, suelen identificarse por conceptos como la multy-track diplomacy o la diplomacia civil. Se trata de redes informales, en ocasiones temporales, con fines concretos, y vienen configuradas por unas pautas de interacción social que pueden tener la Embajada o el instituto cultural en el exterior como un nodo, más o menos central, y que incluye una lista enorme de actores con relevancia para la diplomacia pública del país entre los que, además de las empresas, ongs y expertos antes mencionados, se encontrarían en un papel destacado a cooperantes, líderes de opinión, periodistas, centros religiosos, etc. y se irían alimentando con miembros de la comunidad en la que se desarrollan estas redes, que no tienen que compartir la nacionalidad del país que promueve estas estrategias, ni siquiera tener una motivación estrictamente nacional.

Las nuevas tecnologías pueden contribuir en gran medida con este proceso de adaptación de la diplomacia tradicional a la diplomacia en red. No en vano los países como Canadá, Estados Unidos, Israel o el Reino Unido, que fueron pioneros en la diplomacia pública, son los que han tomado la iniciativa a la hora de utilizar las herramientas tecnológicas como claves para su labor diplomática, reservando su lugar entre los países más influyentes de la tierra.

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