Pericles: Lecciones de liderazgo político

 

Pericles. Una biografia en su contexto. Thomas R. Martin. Editorial RIALP

Hace un par de años la editorial RIALP editó esta biografía de Pericles que pone el foco en su liderazgo dentro de la política de la época y sus posibles causas. A pesar del peligro, habitual en algunos análisis históricos, de tratar de proyectar sobre una época histórica los valores y postulados de la época actual, el enfoque resulta original e interesante ahora que el liderazgo de la clase política vuelve a ser un tema de actualidad (perdonando un cierto afán reiterativo, como empeñado en dejar claro su tesis en todas las páginas).

Contexto: La democracia radical ateniense y la ausencia de Constitución

La democracia griega era cautiva de las decisiones del demos. “Las antiguas tradiciones y las leyes vigentes que el demos aprobaba en la asamblea servían de señales indicadoras de lo que se estimaba recto y justo: su recuerdo pretendía disuadir de decisiones poco meditadas y tomadas en el fragor del momento. No obstante, no existía ninguna barrera constitucional infranqueable que impidiera que una nueva reunión de votantes decidiese en cualquier momento ignorar los precedentes o las leyes del pasado, bien por un tiempo, bien de forma permanente.” Resulta obvio pero el hecho sirve para destacar que en la democracia radical  que imperó en Atenas a mediados del siglo V era la voluntad sin restricciones de la mayoría, y no la existencia de una Constitución con fuerza normativa, la que representaba su principio fundacional.

Esta democracia se basaba  fundamentalmente en el control de los ciudadanos sobre sus gobernantes, implacables ante aquellos que “ no lograran alcanzar los estándares exigidos a quienes gobernaban la comunidad. El rigor de esa lección era patente. Antes del inicio de cualquier reunión de la asamblea, por ejemplo, un heraldo tenía la misión de imprecar a quienes, movidos por el interés o la traición, habían malaconsejado de forma intencionada y taimada a los ciudadanos”.

Ese control llegaba a la cultura hasta el punto de que “la sátira contra Pericles (y contra otros líderes) se volvió tan insultante en lo personal y tan explosiva en lo político que es posible que la asamblea ateniense aprobara la prohibición de «ridiculizar en escena a las personas llamándolas por su nombre» (comentario a Aristófanes, Los acarnienses v. 67 = Fornara; Las aves v.)

En lo institucional el control podía llegar a una versión ampliada de lo que hoy conocemos como la revocatoria del mandato, el Ostracismo. Una figura por la que de manera periódica se planteaba la condena al destierro a aquellos que reunieran un número de votos. La figura se utilizaba no sólo como medida de control sino como forma de canalizar peleas internas, odios y envidias, como refleja esta anécdota extraida de las Vidas Paralelas de Plutarco: “Arístides le preguntó qué nombre quería escribir en su ostracum. «Arístides», contestó. ¿Y qué había hecho el tal Arístides para merecer el destierro?, volvió a preguntarle sorprendido el propio Arístides; a lo que el otro —según comenta Plutarco ( Arístides 7)— replicó: «Nada; ni siquiera conozco a ese hombre, pero me molesta oír por todas partes el apelativo de “el Justo”».

De ahí que resultara imprescindible tanto la integridad personal como la capacidad de convencer al demos.

Transparencia e integridad.

Fue también Aristides el que, preguntado por lo esencial y más loable de quién gobierna, contestó: «lo esencial y más loable en quien gobierna es controlar las manos». Y los atenienses, sin conocer al Juez Brandeis, ya trataban de evitarlo con transparencia. Así se desprende de los documentos inscritos y exhibidos a la vista del público por el gobierno democrático ateniense. “Dichas inscripciones, grabadas en piedra y situadas en puntos muy transitados del centro de la ciudad, recogían las decisiones tomadas por los ciudadanos reunidos en la asamblea democrática de Atenas para facilitar que cualquiera pudiera leerlas y someterlas a consideración”.

Parece que en esa época también existían los fondos reservados y la razón de estado. Cualquier funcionario ateniense de alto rango estaba obligado a someterse a una auditoría anual. Pericles fue objeto de una de ellas por su servicio como general y al ser  preguntado por el destino de una suma importante que no llevaba asociada ningún concepto contestó: «En lo que se tuvo por conveniente», que, según el autor, se corresponde con un soborno a ciertos líderes espartanos para evitar una nueva guerra. Sujustificación era que “un líder debía mantenerse incorruptible en lo personal, aunque a veces tuviera que prescindir de consideraciones de justicia para apoyar la política pública de su patria”.

Los atenienses llevados por la confianza que nace de la libertad, no ganan amigos recibiendo favores, sino haciéndolos. Y así se deduce de la definición de la virtud que ofrece Platón: «La cosa no es difícil de explicar, Sócrates. ¿Quieres que te diga, por lo pronto, en qué consiste la virtud del hombre? Nada más sencillo: consiste en estar en posición de administrar los negocios de su patria; y administrando, hacer bien a sus amigos y mal a sus enemigos, procurando, por su parte, evitar todo sufrimiento» ( Menón 71e).

La política de la razón

En la parte de la capacidad de convencer a los ciudadanos es donde concentra el autor gran parte de sus argumentos. Pericles adoptó un enfoque intelectual que le convirtió en uno de los líderes políticos más convincentes y célebres de la historia. Para Martin el liderazgo del griego se basó en “La razón como criterio a la hora de proponer políticas y leyes”. Frente a la impredecibilidad de la vida humana, “Pericles alimentó una estima inagotable por la razón y los conocimientos “. Y esto le permitió ser capaz de lograr el apoyo de una sociedad, como todas, poco dadas a entrar en razón cuando se adoptaban decisiones políticas. Este empeño por “emplear razonamientos fundados en los conocimientos y en la reflexión hizo que la mayoría de sus conciudadanos —incluso sin compartir su formación y su interés por los debates de corte académico— tomasen decisiones difíciles, arriesgadas e incluso abnegadas en beneficio de su comunidad”.

A esta capacidad se refiere Aristóteles al alabar la sabiduría práctica (frónesis), que permite juzgar lo más conveniente para nosotros y para los demás a través de la razón. Esta razón que para no engendrar monstruos debe estar fundada en los conocimientos, en la observación de la realidad, y que en Pericles se convirtió además en un instrumento para la acción que permite elegir el camino “más conveniente para su ciudad estado y hacer lo necesario para llevarlo a la práctica”. Esta sabiduría práctica se basaba en la previsión, la capacidad de anticiparse a los acontecimientos.

Otra de las fortalezas de Pericles era su capacidad de cuestionar los juicios convencionales acerca de la realidad para “penetrar más allá de la superficie de las cosas, a reflexionar sobre la realidad oculta que solo el razonamiento fundado en los conocimientos es capaz de revelar”. Una virtud que, si nos dejamos llevar por el libro, ejercitaba de manera habitual al “recibir en su casa a intelectuales destacados con quienes debatir teorías opuestas”, como Zenón y Anaxágoras.

Retórica y comunicación 

Decía Hector Aguiar Camin que “No basta acertar. La razón es menos de la mitad de las cosas; y tener razón ni una cuarta parte”. Para ejercer el liderazgo no basta con tener razón, es necesario convencer a los demás de nuestras razones y logar que las hagan suyas. El liderazgo necesita, además de conocimiento, del poder de persuasión que no podrá desvincularse de este, so pena de volverse pura demagogia.

Pericles tenía una gran relación con el filósofo griego Protágoras, que defendía el carácter subjetivo de la verdad, lo que permitiría a los oradores defender uno u otro lado de la cuestión con un poder de persuasión y una razón idénticas, pero no en términos morales absolutos, algo que para muchos hacía irrelevante preguntarse sobre el bien y el mal. Pero el estaba convencido de que la retórica “no es un instrumento hueco, que pueda usarse tanto para “infligir un daño a la sociedad ganando cualquier debate sin ceñirse al derecho o a la justicia”.

En un momento en el que se empieza a consolidar la idea de que las instituciones y los valores humanos no son creaciones de la physis (la «naturaleza»), sino que responden a meras convenciones y costumbres y al nomos (la «ley»), la retórica no es sólo un instrumento para alcanzar y ejercer el poder sino una condición esencial de la democracia. Los griegos entendieron que un elemento esencial para su consolidación y su funcionamiento era que todo el mundo entendiese sus ideas, porque “cada individuo poseía una capacidad natural para la excelencia que debía desarrollar mediante el pensamiento y la práctica, y porque la conservación de la sociedad humana se basaba en el gobierno de la ley enraizado en una noción compartida de justicia. Esas verdades exigían que a los miembros de una comunidad que quisieran vivir en armonía no había que obligarlos a obedecer las leyes establecidas, sino convencerlos de hacerlo. No se les debía persuadir con la falsa pretensión de que las leyes estaban basadas en una verdad absoluta e inmutable: ese ideal no existía ni podía existir; tenían que obedecerlas porque la razón demostraba que esa conducta beneficiaba a todos los miembros de la comunidad”.

No en vano la propia instauración de la democracia ateniense realizada por Temístocles se debió en gran medida“a sus habilidades oratorias en la asamblea pública y a unos argumentos basados en los conocimientos y en la reflexión que obtuvieron su fruto”. Y Protágoras fue propuesto por Pericles como arquitecto de un contrato social para Turios. Recibiendo el sofista el encargo de la asamblea ateniense paraelaborar las leyes de lo que iba a ser una nueva democracia basada en la igualdad.

La retórica va más allá de la técnica y debe estar basada en el conocimiento científico (acerca de la naturaleza del terreno, de las mareas y de los vientos de Salamina, por poner un ejemplo), el buen juicio y el razonamiento (aplicándolos a sus conocimientos para ganar una batalla naval contra un enemigo superior), y la persuasión (convenciendo a otros de que lucharan pese a las nulas probabilidades de éxito).  

De ahí que el éxito estuviera reservado a “los oradores cuyos argumentos demostraban sus profundos conocimientos de historia, economía y política; cuyo empleo del lenguaje era inteligente y elaborado; cuya voz tenía la potencia suficiente para hacerse oír cuando se dirigían a grandes muchedumbres de gente tanto en espacios cerrados como abiertos; y cuya resistencia les permitía enfrentarse al incisivo escrutinio público que muchas veces derivaba en burlas y protestas”.

Pericles, al que el autor muestra desde joven como alguien orientado a hacer propias las virtudes y herramientas necesarias para el ejercicio del poder, se esforzó desde joven para mejorar su retórica y dedicaba tiempo y cabeza a preparar detenidamente sus intervenciones hasta en sus más pequeños detalles.

Además de la preparación, una de las fortalezas retóricas que se atribuyen al griego eran sus métodos de razonamiento (aprendidos de Zenón) y que le ayudaron a elaborar argumentos inesperados, pero de una lógica aplastante, para rebatir eficazmente a sus adversarios en la combativa atmósfera de la vida pública ateniense.

Como decía Tucídides, el hijo de Melesias, Pericles era tan buen orador que, cuando él mismo creía haberlo derribado (metafóricamente) sobre la lona con sus argumentos, aquel excelente púgil oratorio se las arreglaba para convencer a los jueces de que no había tocado el suelo.

Hacerlo simple

El hecho de señalar al conocimiento y la capacidad de innovar como fundamento indispensable de la buena retórica no quieta para reconocer que —hoy como entonces— este tipo de discursos con “un planteamiento basado en teorías innovadoras y con un tono magisterial y académico casi siempre logran irritar a su auditorio en lugar de convencerlo”. De ahí la necesidad de ser capaz de hacerlo fácil sin recurrir a los trucos de vendedor de ungüentos. Ser capaz de “causar un impacto con sus palabras sin mostrarse ininteligible o condescendiente y, al mismo tiempo, sin descender a las tácticas rastreras de otros oradores como recurrir a chistes groseros, alzar la voz para enfatizar algo o gesticular exageradamente con las manos con el único propósito de atraer la atención de las inmensas muchedumbres a las que se dirigían los líderes atenienses”. Ofrecer a la gente evidencias de un modo claro y estructurado —e incluso científico— que resulte muy atrayente, y esto no se improvisa.

Autodisciplina y contención

Su estilo retórico estaba “basado en la dignidad y en la reserva antes que en la exhibición pública de sus sentimientos, incluso en ocasiones en que habría resultado comprensible —por no decir esperable— que demostrara alguna emoción”…. Mantenerse siempre tranquilo y sosegado en las adversidades, que no es sólo cuestión de carácter sino de inteligencia y educación, cultivando la autodisciplina suficiente para conservar la serenidad en cualquier situación y mantener la compostura y una apariencia de tranquilidad con independencia del grado de provocación a que uno se encuentre sometido, son también virtudes del buen orador, y del buen político (añadiría yo) capaz de “mantener la compostura, mostrarse ecuánime con los demás y actuar siempre con rectitud en el servicio público, resistiéndose a la tentación de servirse de la corrupción para lograr alguna ventaja que le ganase el respaldo del pueblo”.

Esta autodisciplina afecta no sólo a las formas sino también al contenido, e incluso al momento. “Según Plutarco ( Pericles 8), siempre que pronunciaba un discurso pedía a los dioses prudencia para que ni una sola palabra suya se desviara del tema” (sabio consejo). Para lograrlo además de la ayuda divina, es imprescindible la preparación, (de Pericles llegó a decirse, no se si con fundamento, que fue el primero en emplear un texto escrito, que le permitía ceñirse a lo previsto inicialmente). Además de evitar el destacar por destacar, conservar un perfil bajo actuando y hablando con dignidad y moderación, y evitando pronunciar discursos en el fragor del momento y evitando intervenir en cualquier debate que se entablase en la asamblea, distribuyendo  entre sus amigos y seguidores el uso de la palabra, en determinados temas y momentos, con el fin de evitar que los asistentes se aburrieran de oírle a él (otro maravilloso consejo del que deberíamos tomar nota).

Gracias, entre otras cosas, a estas técnicas cultivadas con esfuerzo Pericles se convirtió en un célebreorador hasta el punto que “cuando un siglo después Demóstenes, el famoso orador ateniense, se dirigía a los tribunales o a la asamblea, procuraba imitar lo que «había engrandecido» a Pericles (Plutarco, Demóstenes 9)”.

Música, estética y poder

También en esa época se hablaba ya de la capacidad de la música para influir en la conducta, por su capacidad para “ inspirar un comportamiento constructivo para la comunidad, o bien actitudes antisociales e incluso delictivas”. De ahí la importancia de los maestros de música capaces de inculcar en los jóvenes el deseo de convertirse en oligarcas o en tiranos dispuestos a socavar la democracia.  Hasta el punto de que uno de ellos, Damón, acabó condenado al ostracismo con el respaldo de un número importante de atenienses ante las sospechas  de que sus ideas corrompían a sus alumnos

Tampoco la arquitectura y la escultura escapaban a su función de símbolos del poder. El Partenon es un magnífico ejemplo. No sólo por el mensaje de superioridad  que transmitia el templo, un mensaje sobre el poder de quienes habían financiado su construcción para asombro del mundo entero. También por su contenido que habla “de la especial conexión que unía a los atenienses con los dioses y eclipsaba toda relación con lo divino de cualquier otra ciudad estado” ya que hasta entonces en ninguna ciudad estado aparecían sus ciudadanos ni sus antepasados representados en el templo, que estaba reservado para los dioses.

Conclusión

En resumen podemos decir que en una democracia donde la capacidad de convercer resultaba clave para alcanzar y mantener el poder la eficacia de Pericles como líder, dice el historiador, s”e derivaba de la fuerza de su reputación, de sus razonamientos basados en los conocimientos y de su transparencia y su inmunidad a sobornos y tejemanejes”. De esta manera controló a las masas con un espíritu independiente, sin rebajarse a adularlas y arriesgándose a atraerse las iras del pueblo oponiéndose a sus deseos siempre que fue necesario. “Con sus discursos fue capaz de combatir la arrogancia del pueblo y, al mismo tiempo, de despertar su confianza, según lo requiriera la situación. En tiempos de Pericles, en suma, Atenas se convirtió en lo que «era de nombre una democracia, pero, en realidad, un gobierno del primer ciudadano».”

 

Bonus track. Otras curiosidades

  • Juegos Olímpicos, juegos de libertad. Tras la victoria, los griegos convocaron una reunión en la que Arístides les convenció de que celebraran una ceremonia en Platea para conmemorar cada cuatro años el éxito de la defensa griega con unos Juegos de la Libertad. Los asistentes debían hacer un brindis con una libación a los dioses: «Sea en honor de los hombres que murieron en defensa de la libertad» (Plutarco, Arístides 21).  
  • ProfeciasA finales del siglo VI AC Atenas se encontraba sometida a la dictadura de Hipias, a pesar de los intentos  de sus rivales por derribar militarmente al dictador. Ante el fracaso de la violencia uno de ellos, Clístenes de Alcmeonida, decidió cambiar de estrategia y sustituir las armas por las profecías. Cuenta Heródoto como el ateniense, tio-abuelo de Pericles, comenzó a donar grandes sumas de dinero al santuario de Apolo en Delfos, en cuyo oráculo los griegos acudían a buscar orientación sobre su destino, sobornando a la sacerdotisa responsable de transmitir la voluntad divina, para que hiciera saber a cualquier espartano que le preguntara por su misión en este mundo que tenía el mandato divino de liberar a Atenas de la tiranía. Fue cuestión de tiempo que Esparta, la primera potencia militar de Grecia, acabará cediendo a los requerimientos de la profetisa de Apolo e hiciera buena la profecía,  condenando al tirano al exilio. Heródoto añade (V, 63; 65) que Clístenes sobornó a la sacerdotisa que transmitía las respuestas proféticas inspiradas por el dios Apolo: fuera cual fuera la pregunta que le dirigiesen los espartanos, la sacerdotisa debía contestar que Esparta había recibido el mandato divino de liberar a Atenas de la tiranía. Los espartanos, que se habían enterado de los sobornos de los Alcmeónidas a la sacerdotisa de Apolo en Delfos para que esta los instigara repetidamente a eliminar la tiranía Pisistrátida, recibieron de Cleómenes algunas copias de los funestos oráculos halladas — según él— en la acrópolis: unas profecías que supuestamente predecían la gravedad de los daños que los atenienses les infligirían en el futuro. Por ejemplo los conspiradores sobornaron a la sacerdotisa de Delfos para que lo declarara bastardo y, por lo tanto, rey ilegítimo de Esparta.
  • Los incentivos de cualquier ser humano han sido siempre el temor, el honor y la conveniencia.
  • En la democracia ateniense, y en esto creo que no hemos cambiado mucho, “el camino que solía culminar en influencia y cargos políticos pasaba necesariamente por crear lo que hoy día llamaríamos una red de contactos con otros miembros de la aristocracia; y, al mismo tiempo, por mostrar cierto grado de sociabilidad con la masa de votantes que evitara una percepción generalizada de pertenencia al grupo de los ricos y selectos (cosa que no era del agrado de una democracia compuesta en su mayoría por ciudadanos de escasos recursos)”.  La conducta de Pericles, en este punto también lo distinguía de sus contemporáneos.
  • Fabio se ganó el título de «el Dilatador» (cunctator) con su estrategia de evitar una batalla a gran escala contra el ejército de Aníbal en territorio romano manteniéndose a la espera de su agresivo adversario y agotándolo con una guerra de desgaste.
  • El gobierno central no solía involucrarse en las decisiones que condicionaban la vida y definían el estatus individual de libre o esclavo, de ciudadano o extranjero.
  • Hefesto era el dios griego de la tecnología.
  • Los persas consideraban que existía un mandato divino que obligaba a cualquier rey persa a ejercer su poder sobre el mundo entero.

Bibliografia mencionada de interés

 Jeffrey Rusten, The Birth of Comedy, y Robin Waterfield, The First Philosophers.